domingo, 3 de abril de 2011

Retrato de un apego ambivalente

¿Cómo explicar esta soledad?
Diría que algo caprichosa, pues se queja en momentos de ánimo subterráneo.
No es una soledad permanente, sólo asoma a fogonazos en los que se proclama como un parásito que ha crecido adosado a mi, que vive de gritarme desde dentro del oído aquello que no parece existir para mi.
El frío la fortalece, el tacto humano la duerme. Entonces, cuando me libra de su presencia, mi soledad sueña con otras soledades dormidas que encuentra a la vuelta de mi sombra, y la comprenden y acompañan como a mi.
Supongo que ya no la aborrezco tanto porque nos parecemos: tenemos el síndrome del medio-existir, que sólo aplacamos saliéndonos de nuestro habitual papel. Ella, del de soledad desolada; yo, del de solitaria con las manos y la sangre heladas.

sábado, 2 de abril de 2011

Descomposición en directo

Estaba en el salón aquella casa en la que me juré no volver a entrar, rodeada de la gente que más quería, hablando con uno de esos amigos que se ahuecan en tu vida con la constancia .
Entonces, al verme sin más conversación que exprimir, fui al cuarto de baño cuando un reflejo esperpéntico en el espejo se topó conmigo: apenas tenía pelo. Podía ver la silueta de mi cabeza a través del que me quedaba, desteñido y frágil. Vi que a mis pies había caído el que me faltaba y lo tiré a la papelera, cuando al volver la mirada al espejo presencié, segundo a segundo, como desde los ojos al resto de la cara me tornaba morado pálido, como mi perplejidad se tornó en un grito desgarrador.
Cuando me llevé las manos al pelo y palpé mi habitual melena, abrí los ojos y escapé de mi fantasma onírico.

viernes, 1 de abril de 2011

Un recuerdo es tan frágil que dura para siempre





Recuerdo. Olvido.
Recuerdo. Olvido.
Al ritmo de la locomotora que nos arrastra por el suelo y por el tiempo
Que no sabe despegarse de sus raíles y lanza sus cenizas al viento.

Nunca, o muy difícilmente, al estar viviendo se es consciente de que este momento puede desaparecer. Ahora, que existe, provoca calambrazos pensar por qué desagüe cósmico se perderá.
Yo, el olvido de quien aún no soy, dejo el testamento del aburrimiento tedioso que ahora mismo tengo, y que claramente por evadirme de este presente improductivo, me pongo a pensar en cuando me relea y me ría de este forma de rellenar el tiempo perdido con palabras.
Y como me ha recordado a Proust, y puedo escribir mi vida cambiando los deseos frustrados por una narración fantástica, ahora estoy en una tarde nublada de Londres paseando por Picadilly Circus escuchando "Cigarrettes and alcohol" de Oasis (Is it not my imagination, or I finally found something worth living for?).
Pero, hay otra manera de difuminar nostalgias: imaginando. Si el presente es frágil como un cristal, que se rompe en cuanto lo atraviesa el tiempo, los pedazos se pueden reconstruir como un mosaico bizantino o fundiéndolos en una masa  uniforme, para sacar de ella una nueva figura.
No me apetece recordar que la memoria sangra.
A los 25 años, el lóbulo frontal terminará de conectarse y la capacidad de fijar recuerdos llega a su punto máximo, y es desde los 15 hasta esa edad la época de la que más recordemos el resto de la vida.
Por eso, prefiero ir quitándome la piel muerta para que no llegue a forjarme otro caparazón de miedos y fracasos, por eso me voy desprendiendo de las partes de mi que acabaron echando raíces en aquella Tierra de las Utopías de la que tanto me alejó ya el tren de los días.
Me quedo, por ahora, con la dulce ignorancia con la que se empieza a recordar: el reconocerse a uno mismo en el espejo y el empezar a hablar. Si no hay un Yo que se reconozca como protagonista, no hay recuerdo; si no sabemos que somos, no sabemos que vivimos más allá de la mímesis que tenemos con el mundo cuando no nos vemos como independientes de él. Y qué neuróticos nos vuelve dar con nuestra identidad de pronto frente a un espejo, como para romper la armonía con el cosmos y empezar a pelearnos con él.
Por que, aquí viene el colofón del trauma, aprendemos a hablar y empezamos a hacerle preguntas a ese mundo que no nos comprende o no nos sabe responder.
Entonces, empezamos a ser los narradores de esta historia personal que recuerdan sus tragedias y sus logros, y encuentran en contar su historia la única forma de salvar los pedazos de tiempo que se escapan ante sus ojos.

sábado, 5 de marzo de 2011

Dolce vita

 
Puede que la cultura italiana haya aprendido de la Grecia clásica mucho más de lo que el tópico suele mostrar.
Empezando a conocer la época dorada del cine italiano, con la Dolce vita de Fellini, parece chocar la aparente frivolidad con el género neorrealista.
Pero, captando el trasfondo, se esconde entre el deslumbrante lujo la inevitable realidad. ¿No es la misma tragicomedia de los teatros griegos, haciendo olvidar al público el sufrimiento a través de sus historias? Aquí, en el teatro, nace la capacidad genuinamente humana de identificarse. Una de las justificaciones de la vida para Schopenhauer: reconocerse en otras personas y aliviar el dolor que en solitario se haría insoportable.
Es un mecanismo muy simple, y se puede superar con un conocimiento relativamente sensible del mundo, pero como humanos no podemos evitar sentirnos mejor reconociendo nuestro dolor en otros. De alguna manera, trasladamos parte de eso peso a quien creemos que lo lleva y la realidad nos parece un poco más justa. Nos sentimos parte de algo, y no desplazados o castigados por las circunstancias que nos hacen sufrir.
El peligro de esto es justificarse, como si el dolor dignificara a toda persona sól por sentirlo.
Resignarse no es más que buscar un motivo para cerrar los ojos y dormirse a la vida.
Mucho más digno es coger ese dolor y transformarlo en un escalón más que subir para construirnos como personas. Aceptémoslo, esa construcción se puede caer en cualquier momento, pero siendo el mundo una percepción, podemos quedarnos tirados en el suelo o aceptar el juego cósmico.
Precisamente, esta actitud es la que subyace a esa idílica Dolce vita. Marcelo es un completo hedonista que procura no ligarse emocionalmente a nadie, más que a sí mismo (para evitar traiciones y desengaños). Pero, como hemos dicho, es inevitable el impulso de reconocerse en otro por no estar completamente aislado en este mundo inmenso. Y ahí es donde, también inevitablemente, sufrimos ante el dolor del otro.
¿No es una mentira creernos inmunes al resto de la Humanidad? Una persona que se desate completamente, ¿no estará toda su vida huyendo, como un fugitivo de la existencia?
Marcelo reduce sus relaciones a un plano físico con las mujeres y a uno intelectual con los hombres. Sin embargo, ve a su padre, y se encuentra con él mismo. Con un yo futuro que está ya desgastado de una vida que no para de moverse en círculos en torno a lo mismo, completamente ciega a aquello que sólo se puede sentir. Y esa ceguera recuerda a la borrachera dionisíaca que, después de un profundo dolor, se agarra a lo superficial y leve. A ese tipo de cosas que, por ser visibles a los ojos se pueden controlar y no doler, no doler como esa profunda oscuridad.
Pocos filósofos italianos se conocen, y sin embargo, parece una cultura que más que filosofar, tiene una filosofía de vida. Son dionisíacos precisamente porque su llamado "neorrealismo" es una frivolidad tremendamente trágica, es la cicatriz a una gran herida cerrada con la embriaguez de los placeres justificados por el dolor, por un jugar al escondite con el drama.
Haciendo uso de la genealogía de la moral, me atrevo a diagnosticar que al igual que los griegos, aceptaron el juego.

La piel de la memoria

La sensación, ese recuerdo inconsciente, devuelve al presente un folio perdido, desde las profundidades del tiempo muerto hasta el aire en el que buceamos ahora.
Todo cuanto recuerdo parece un lapsus, un enorme trance lúcido.
Una música suena, de pronto, extrañamente familiar: ¿es está, la que hace sólo un mes escuchaba todas las noches? También evocaba un recuerdo, una persona que se distancia para que no me duerma, para mantenerme alerta del mundo. Al volver a bucear en esos ojos... sí, confirmaron que no sólo fue una alucinación.
Barcelona: hostilidad. Y me pregunto por qué todo está en color sepia. Allí vivió una niña, que reconocía como "Yo"... hay algún hilo temporal que me sigue uniendo a ella, algunas personas en común, algunos rasgos parecen decir que soy la heredera de aquel principio de vida.
Es una especie de vida pasada que fue consumiéndome con la misma lentitud con la que se regeneraba. ¿Cuántas muertes milimétricas me separan ya de esa niña? ¿Cuántas veces tendremos que re-conocernos en toda una vida?
Vi una silueta caminando a lo lejos que disparó un flash de unos dedos enredándose en el pelo; y miro extrañada, intentando darle coherencia a esa asociación: sí, recuerdo haber deseado traspasar esa piel y haber fracasado en el intento. Ya no lo desearía. Y en medio de esos deseos contrarios, tiempo. Sólo la onda expansiva y debilitadora del tiempo.
Ya no sé si he vivido o he soñado, que más da. Estoy aquí tecleando, y mientras crea soñar, seguiré con vida.
Fly me to the moon
La vida es arte cuando sólo existe el presente. 
Este infinito presente del que nos escapamos continuamente; recordando, planeando, o imaginando escenas a kilómetros de esta habitación donde se revuelven los pensamientos.
El arte es el refugio en el que guardamos nuestra historia y donde nos declaramos testigos de la vida que se nos escapó, que ahora tira bengalas de días que se vuelven niebla y se revuelven hasta que necesitamos sacarlos, dóciles e inmateriales.
Y es cuando podemos verlos desde fuera, ver cómo la precisión matemática vestida de casualidad, fusiona y separa vidas de una manera que fascina y destroza. Esa sensación es la que empieza a remover la niebla hasta filtrarse por la piel.
Y sale una imagen de colores más intensos, con una variada banda sonora, la vemos en una pantalla compartida por infinidad de personajes ajenos a nosotros (los fascinados observadores del mundo) dentro de una trama entre onírica y cruda.
Qué vida tan bien interpretada la que no necesita escaparse de su presente...
Tenía razón Sartre diciendo que a una persona, contando sólo con su cuerpo, su pasado se le escurre entre los dedos.
Y Nietzsche, afirmando la vida tal y como ocurre.
Maslow, hablando de felicidad como esos instantes en los que el tiempo desaparece.
Y Proust en ese Tiempo recobrado, donde la vida puede ser doblemente vivida haciéndola literatura: lo que fue y lo quise que fuera.
Puede que el tiempo sólo sea la cinta donde se graba nuestra tragicomedia.
La memoria la llevamos incrustada en la mirada y los gestos, en los razonamientos y los impulsos.
Rebobinando un poco, veo un accidente, un choque frontal con otros pequeños planetas, y meses de caída con vueltas de campana hasta llegar al mar e inundarme en una dulce calma, sólo flotar y respirar, jugar a cazar el horizonte.
De pintar cruces en el suelo, o ver cómo te sienta la luz del amanecer en la cara cuando aún duermes, o jazz, guitarras y café.
De inaugurar museos por las paredes, o recrear escenas míticas del cine... Todo, todo al alcance de la mano como cuando en los sueños se nos despega el miedo de la piel y cualquier cosa tiene sentido.

viernes, 18 de febrero de 2011

Por no hacerlo peor, provoqué el desastre


La capacidad de amar tuve que matarla para que dejara de gritar de dolor.
Lo hice ridiculizando al romanticismo, besando a ciegas, como burda parodia, hasta que el amor se dejó matar por la vergüenza de su fracaso, por defender utopías.
Se me vino un puñal a la mano y di el primer golpe cuando el alma lloraba por la ausencia de sus ilusiones. Después, me culpaba la voz de mi juez mental (el que todos llevamos dentro sancionándonos) "¿Vas a seguir destruyéndote?", me preguntó cuando volví a coger el puñal. Tenemos muchas voces que arrogantemente ignoramos, y a las que con la distancia del tiempo, les damos la razón, pero sin negar la decisión pasada. Sí, necesitaba destruírme.
En fin, a la tercera puñalada, el amor quedó inconsciente y dejó de sentir; pero ya por inercia y por vicio, porque los puñales se me venían a las manos, seguí perforando la brecha, sorprendiéndome de que ya no gritara de dolor.
Y yo pensando que sólo mataba la imagen de mi Utopía, cuando detrás estaba sosteniéndola el amor, la llevaba como armadura y el amor se quedó desarmado y moribundo.
Era demasiado idealista e ingenuo, podría prescindir de él mi parte de buscadora, desatándose del peso de la soñadora.
Tiré al suelo el último puñal, me dejé caer en el suelo de mi alma, cuando vi que estaba fluyendo un río de agua dulce cerca del escozor de la herida, justo en la frontera con el cariño. El amor agradeció el alivio sin poder ni moverse de cansancio, y tan sólo pudo dejar que el cariño sustituyera sus pasiones a su manera (con su calma). El amor sólo podía sumirse en un profundo sueño y olvidar la rabia de que su Utopía, que fue su segunda piel, escapó como la mariposa que con sólo aletear acaba provocando huracanes.
Por todo esto, soy una consciente amnésica del arte de amar,  un ave fénix que se cortó un ala. Por eso buscaba un compañero de vuelo. Por eso, me siento muy débil aún para decir "te amo". Por eso, sintiendo un profundo cariño y cruzando el puente entre tu mundo y el mío, mi única forma de expresarlo es atravesando mi tiempo de tu mano.