jueves, 18 de julio de 2013

Luis:


La vida anda por aquí, la ciudad a la que dirigí perdiéndote a ti, rápida y estimulante. Vertiginosa y bella. Difícil de asimilar. Necesitaría la calma de muchos trenes para que los cambios se asentaran en mi cabeza mientras mentalmente sigo agarrando tu mechón rubio entre los dedos.
Cuando cierro los ojos, me vuelvo al universo táctil y casi mudo de nuestra historia anónima y pura, extraña y demente para algunos, una salvación para la rutina aplastante y los casos perdidos.
La pregunta es inevitable: ¿qué habría pasado si hubiera mandado a la mierda a esta ciudad y me hubiese bajado contigo? ¿Habríamos recreado Antes del amanecer? ¿Mi condena por no haberme ido contigo es no encontrarte jamás por la calle, que no me busques, que me pregunte eternamente el "y si", que sigas siendo la excusa antes mis futuros amores fallidos?
Mis alas aún estaban forjándose sin estar listas para volar. No puedo buscar a quien vuele si yo no lo hago. Perdona. Volamos un poco y me asusté.
No ha sido la única vez en este trecho que me he encerrado en mis cómodas fobias, pero en este otro caso tengo una suerte que espero merecer.
Al menos, he aprendido a distinguir cuánto hay mescalina (magia química) entre yo y otro ser humano. La mescalina va a ser mi criterio y mi respuesta a mi pérdida emocional de los últimos años. El elemento oculto de la alquimia es dos desconocidos besándose en un tren. Es una de las respuestas que fue a buscar a la tierra sagrada y que finalmente hallo cuando he vuelto a mi mundo, y vislumbro con una claridad pasmosa qué no es mescalina para percibir con una sensibilidad amplificada qué sí lo es.
Por eso, desconocido, te llamaré Luis. Por eso, como me basta con el tremendo regalo del cosmos de encontrarte y ser mi respuesta, que te volviera a ver sería algo que dejo fuera del alcance de mi deseo.

jueves, 27 de junio de 2013

Cosas que recordar de Santiago

 Los grafittis del pez, la Alameda cuando hace sol, el peregrino borracho de la rúa do Franco, las gaviotas, los malabarismos para llevar el paraguas y las bolsas de la compra, las calles que no sabes a dónde te llevarán, el musgo de los muros, la silueta de la catedral desde mi ventana, las setas que crecieron del techo, el licor café que me rebotó el estómago, no recordar el camino al Ruta, la marea de gente en la puerta del Tarasca, pasar cuestionarios en la puerta del Avante, Django desencadenado, descubrir a los Black Keys, a Graveyard, Journey, HEAT y Rival sons, los últimos días de clase, todas las variedades de pan imaginables, la sombra del peregrino en la plaza de la Quintana, quemar ollas y trapos de cocina, inundar el piso, comprar una guitarra intocable en los chinos, una noche entre el Modus vivendi y el Bar Tolo, el anuncio de Gadis en los autobuses, los buenos compañeros que hicieron sentirme en casa, los que compartían también esta aventura, los que ya antes estaban presentes y llegaron hasta aquí para estarlo también en este otro mundo que es Santiago, como una parte de mi recién restaurada y estrenada, donde todos los pequeños arañazos en la visión y algunas fobias se han perdido dirección Finisterre, todos los perros y gatos que he visto por la calle y he querido llevarme, los peregrinos que llegan a la catedral y se tumban en el suelo, recordarme en el taxi al llegar la primera vez desde el aeropuerto diciendo "voy a vivir aquí", y lo cierto es que guardaré la llave de un piso al que no podré entrar, sólo por la sensación de poder volver en cualquier momento a la lluvia fina contra la piedra, al norte cada vez que lo pierda.

jueves, 7 de marzo de 2013


Las telarañas en las palabras se fueron creando como por descuido y pasmo: al aparecer los primeros hilos formando microscópicas figuras pentagonales, me fascinó y horrorizó al mismo tiempo. Mientras planeaba por donde empezar a cortar ese construcción endeble y pegajosa, cada vez iba haciendo su hilado más fino, complejo y laberíntico.
Era realmente imposible encontrar el punto exacto por el que desmoronar la estructura, y poder despegar los labios, y aprender a hablar de nuevo. Pero esa imagen ante el espejo, esa marca blanquecina que se mostraba como señal, como advertencia de un error desubicado, como una prohibición de un nuevo intento, apuntalando el medio por el que perderle el respeto... era una venda para la voz, que caería cuando la pillara desprevenida, con fuerzas renovadas y en una revelación instantánea, en el escubrimiento de aque la solución era la más sencilla posible: gritar, sin articular una palabra coherente, pero gritar hasta rasgar y despegar la telaraña, y reaprender a usar las palabras, y medir sus significados; darles un valor supremo por haber estado ausentes tanto tiempo.

domingo, 3 de marzo de 2013


Santiago es mi París.
Contiene en sus calles la quietud de lo ajeno, la cálida acogida del anonimato, incita a hacer cómplices a las piedras de los pensamientos que voy vertiendo por ellas, como cintas que se van desplegando para marcar un camino, certeramente invisible, para perderme siempre de nuevo por este buscado laberinto.
La única guía son los letreros, tal vez algunas estatuas. Las calles sin salida son parte del juego de caminar sin rumbo, acumular pasos como un placer en sí mismo y no un fin, como acostumbra a ser.
La idea es haber salido de casa para perderse, y es en ese estado de desorientación cuando todas las cosas que ocupan la mente mientras nos envolvemos en el orden, desaparecen. Simplemente, dejan de tener importancia, y su lugar lo ocupa el pensar por pensar, un puro juego de palabras: los nombres de las calles, la sorpresa a la vuelta de la esquina, los borrachos y los músicos, las conchas de piedra, una cara familiar aunque sin nombre, alguien que también está dando vueltas para quedarse a solas, alguien con quien caminar extraoficialmente, parándose a mirar los mismos edificios y doblando las mismas esquinas durante un rato. Hasta que la abstracción de la música en los oídos, retumbando en los campanarios, me bifurca de ese camino, y hay una esfera mate, azul y violeta envolviéndome del ruido: Pink floyd y un olor a perfume, Rival Sons y esas escaleras donde jugar al escondite, These foolish things y el saxofón que estampa sus notas contra las columnas románicas.

domingo, 10 de febrero de 2013

El paradigma de las miradas

Sostengo la infundada idea de que se puede saber si confiar en una persona por la forma en que te mira. Especialmente se percibe cuando conoces bien una mirada, y de un momento a otro cambia. El resultado de un proceso inconsciente o racional que hace que chispeen las neuronas suficientes como para que la mirada cambie, la actitud y el resto de elementos no verbales. Sé que los polígrafos sólo sirven porque la gente no cree en la interpretación de las miradas. Me di cuenta de que Alejandra se iba a ir en cuanto levantó la cabeza, dejó las cartas en la mesa, me miró, y volvió a acurrucarse en el sofá. Y luego esa conversación bajo la farola “cómo puedes ser alegre con todo lo que has pasado”, me miró como buscando algo dentro de mi que no encontró, y se largó. No hizo falta más.
Cuando Aurora me mira girando un poco la cabeza y sonriendo con los ojos, sé que ya no tenemos nada más que decirnos, y me va a besar.
Lila me mira con una dulzura que me sobrecoge, me sobrecoge porque no sé qué ve en mi para inspirarle tanto cariño. Y tampoco sé qué va a hacer con ese cariño. Después de mis vueltas y mis desencuentros, de querer vacunarme de todo, su inocencia me pilla desarmado, absolutamente desprevenido.
En el otro extremo está Patti, una tarada a la que evito, pues me mira como un perro hambriento miraría un filete recién cocinado, de hecho, cuando me he topado con ella, apenas me ha dejado intervalo entre procesar esa mirada y tener que apartarla de mis pantalones. Por ese tipo de sucesos me pasma la dulzura de Lila, y me alegro de tener amigas como Aurora que te alivian la existencia.

En la máquina de escribir, las palabras se clavan en el papel como dardos, como promesas en la expectativa.
El pensamiento nos desnaturaliza. Es la única idea en potencia que he gestado en este viaje de ida o de vuelta, depende de la orilla desde la que mire. Retorcer las posibilidades de acción y todas las consecuencias de cada una, no hace más que complicar lo que ni siquiera aún existe o lo que ha dejado de existir. Porque no me refiero al pensamiento básico de los automatismos de todos los días, me refiero a las grandes quimeras y palacios de cristal que levantamos para decidir qué es lo correcto. Y al palacio lo llamamos moral o experiencia o fobia al fracaso.
El pensamiento es el constructor de todos esos muros, y sólo el pensamiento mismo puede derribarlos, porque la decisión de un momento se acaba convirtiendo en hábito si se da por correcta, o por única cuando se piensa que no hay más opción. El porqué no es el re-pensar como si nunca antes se hubiera hecho, sin muros que cierren posibilidades, y sin olvidar que eso de "si no tienes nada, no tienes nada que perder" es especialmente cierta cuando nos aferramos a cosas que ni siquiera tenemos, que sólo nos pertenecen en la imagen futura construida por el deseo, y que nos tiene agarrados a ella como un oasis a un sediento.

miércoles, 16 de enero de 2013

Sentimiento tragicómico de la idiotez II

Esa inundación de imágenes de antes del sueño, una especie de Aleph, un "he visto" huracanado: la pintada "Clapton is God" en un muro británico, La chaqueta metálica, Bukowski, café con leche, un café parisino, la estación de tren de Nueva York y las luces de Tokio, Hiroshima mon amour, René Clair, El viaje a la Luna de Meliès, un sofá, Dovtoieski, luces de neón, la vaca voladora de Pink Floyd, los helados en la playa, el reflejo del sol en las aguas de Venecia, Houdini, Lou Salomé, las primeras notas de Bohemian rhapsody hundiéndose en las costillas, Napoelón y Luis XIV, Marlon Brando, chocolate con nueces, el calor de otra piel, y las almohadas. Observar la espesura de la lluvia a través de la luz de una farola. Las luces serpenteantes de la calle que asciende como el carril de una montaña rusa. El olor a incienso y vainilla. Rasparse las yemas de los dedos por la cuerda de una guitarra. El pelo enredado. Un gesto redondo al abrir el paraguas y levantarlo. Todas las manos que recuerdo y todos sus bailes. Y entonces duermo, acompañado por todas las imágenes que saltan del recuerdo, y los recuerdos de todas las imágenes de lugares en los que no he estado.

Mi amor es mi guitarra. No puede haber más musa que el propio arte, que la propia música en mi caso. Sólo Euterpe. Leí en alguna novela que el arte era la mayor inutilidad del Hombre. Yo me propuse darle sentido a mi vida con la gran inutilidad con tal de tener un gran reto. Como para entretenerme toda la vida en ello. Pertenezco a una estirpe de soñadores que no saben (ni quieren saber) a dónde van. Lo cierto es que hay una fuerza que nos ciega para ver en el abismo todo un paraíso.
Esta ciudad contiene todas mis virtudes y debilidades. Me ha visto hacer demasiadas cosas como para mirarla con la indiferencia y admiración que se observa una ciudad desconocida. Puede que empezase a viajar para mirar horizontes que no tenían nada que recordarme. Ahora, que he pasado varias veces por cada ciudad, hay esquinas que me guiñan y cristales que me devuelven reflejos.
El paradigma de las miradas. Cada que empieza la época de exámenes, me acabo hartando de mi propia voz, pero esta vez, en mi retiro me sorprendo encantado de conocerme. A pesar de los desastres de mi escasa coordinación y de los interminables motivos que encuentro para salir a hacer algo, a encontrar las ideas como genialidades en el momento inadecuado; debo decir que recuerdo los días de estudio de Florencia como los juegos infantiles: lejanos, luminosos e ingenuos. Siempre acababa creyendo que me había enamorado de Claudia, porque esos días lo compartíamos todo, nos mimetizábamos como dos detectives en un complejo y meticuloso plan. Pero después ella volvía a caer con ese intelectual gigoló, y yo volvía a perder el rumbo, que era mi rumbo habitual.

sábado, 12 de enero de 2013

Sentido tragicómico de la idiotez I


Sé que me mira con lástima y culpa. Como quien abandona un cachorro del que había esperado el remedio para la soledad y con el que sólo consiguió aumentarla. "Haces que me sienta sola". Vaya un cachorro incomprensivo fui.  Cómo se equivoca pensando que soy el mismo animal herido que abandonó con el bálsamo de la mentira; hecho necesario sólo para su propia ética, puesto que yo la dejé ir entre la derrota y el alivio.
Estoy en un tren, soy yo quien se desliza entre despedidas ahora desde la respectiva estación de salida: Canterbury o Florencia, ambas hermosas a su manera, amadas con la misma intensidad y por motivos distintos. Ya me había acostumbrado a ser el tren, quien recibe a viajeros a los que llevar a un lugar inédito y verlos marchar hacia sus futuros implícitos. Me pregunto quién, o quienes, son mis trenes ahora.
Ahora entiendo porque quería ser un cirujano, en el único sentido en que Kundera lo habría descrito. Cualquier persona con el poder de abrir en canal a otra (metafóricamente) es un titiritero de la incertidumbre, la cuestión es el uso que haga de ella. Dos personas pueden darse amor sin amarse. El punto de encuentro es que ambas lo sepan. Siempre me he empeñado en cortarme las cuerdas de marioneta.
¿Qué sabría yo de epistemología sin ella entre sus sábanas? Y sin embargo, no le debo nada,
demasiadas ideas y poca conexión entre ellas. Poco voy a componer así. Puede que en este diario de a bordo, o de viajeros al tren, cobren más sentido. El abrazo, las palabras, el momento exactos. Pero no son eternos, ese es mi problema, la falta de eternidad de los buenos momentos. You know what I mean, and it's exactly what you tell.
- Buenas noches, amor - Buenas noches, nadie
No es que piense quemar estas naves, es que están humeando ya. No sé confiar en nadie más, sólo en las personas que quieren conocerme. Por que ellas se quedan, a pesar de que yo no pare, pero eso no es impedimento, la distancia no aleja de las personas si no se quiere.
La pseudo-era para pseudo-ser. Las medias tintas me agotan, y es lo único que abunda. Goterones de tinta, islas de memoria encajadas en el papel que nos recuerda quiénes somos, pero las líneas y los párrafos se están extinguiendo. La poesía está muriendo, y la gente se queda con obras abstractas compuestas de goterones de tinta aislados, todos igual de oscuros e imborrables. La poesía... es pura mentira. Pero necesitamos mentirnos para afrontar la verdad. La poesía es la supervivencia a la lucidez.
Soy un retiro de cuerpos cansados y una brújula para sus almas perdidas. Una brújula que no sabe señalar a sí misma, o se topa con los listos que miran la luna en vez de al dedo que la señala. Soy el laberinto del que Teseo busca la salida. Soy la anestesia para la soledad. No sé si se me dan mejor los cuerpos o las mentes. No te voy a pedir que me quieras siempre como ahora, pero te pido que lo recuerdes. Siempre quedará en mí algo de lo que soy esta noche. No me fío de la luna. Se mueve entre las sombras. Creamos ficciones por exceso o por carencia de lo que tenemos. La realidad nos desborda o no nos parece suficiente para los sentidos. Si toda ficción fuese creíble, dejaría de ser necesaria, porque para eso ya está realidad, y con observarla sería suficiente.