Se quedó inmóvil delante de la puerta abierta, como viéndose a sí misma en un reflejo ingrávido. Estaba jugando, no había duda. Lo había hecho sin percatarse, pero en una rápida reflexión vio claro que estaba ahí: el coqueteo, lo llamaban, los leves escondites, las sutiles tardanzas, el desinterés sádico.
También el día anterior había observado con pasmo que lo único que le quedaba de su último romance era una herencia narrativa, lo que lo distinguía de los anteriores, que le habían dejado una herencia musical y visual.
Sin embargo, él había sido más que un testamento. La había hecho romper sus propias barreras, cambiar el paradigma que iba buscando a base de ensayos experimentales; cuerpos desconocidos y otros queridos, con sus posteriores soledades de reflexión minuciosa, con la piel ya fría y saciada, pero con la mente ordenando algoritmos de productos emocionales que resolvieran el bloqueo.
Y él había sido el resultado de todo aquel cálculo ciego. No él voluntariamente, simplemente llegó en el momento indicado. Fue la acción de ella, proyectada en él lo que demostró la eficacia de todo un año de ensayos clínicos.
En cierta forma, él sabía de aquello, y seguramente la seguridad del científico fue lo que lo desbordó, y lo hizo retirarse. Sin desarmar el paradigma, parecía una pieza que no derrumbaba la estructura, y eso fue lo que la dejó pasmada.
Él no era una pieza fundamental, no era el núcleo de la teoría, era sustituible, y eso le dolía a Ciara. ¿Tan fría se había vuelto? Pensar que ningún dolor podría ya hundirla le resultó escalofriante. ¿Realmente, se fuese quien se fuese, no lloraría más que lo justo, no se detendría más que el tiempo de duelo que se permitía para no sentirse débil?
Pero también la tranquilizaba pensar que estaba a salvo, que nadie podría romperla de nuevo de aquella manera, de la que no recordaba todas las sensaciones, pero si tenía escritos todos los pensamientos. Era su propia herencia, la de un yo agotado que constaba para advertir sus fallos.
"Y esta es una versión mejorada de mi, la que es estoica e imparable".
Era instinto de supervivencia, se decía, son estos tiempos de cobardes.
"Pero yo no me voy a frenar, porque sé lo que no quiero, y las pruebas tienen su razón de ser para eliminar posibilidades o acertar con la exacta.
Haré lo que desee si puedo hacerlo."
Pero no podía olvidar que había jugado. Era un elemento nuevo y extraño, y no tenía que preguntarse qué hacer con él, pues lo había usado instintivamente. ¿Un mecanismo de defensa más? Luis lo entendería. Era capaz de ver las cosas que ella no alcanzaba a ver. Era su visión externa. La extraspección. Luis era el único persistente. Pero el único para tantas cosas... precisamente por eso. Era su tótem. La figura a la que asirse cuando el mundo parecía irreal. Con él podía cerrar los ojos y reubicarse, y aflojarse el chaleco antibalas de paso.
Sin embargo, siempre tenía la sensación de que Luis se callaba algo, y no le molestaba, le gustaba imaginar esas palabras que dejaba ocultas. Incluso podía comprender, por eso no le preguntaba nunca por ellas. No profanemos a los santos, ¿no, Luis?
Digamos que enredarnos en el colchón es un ritual de culto a nuestras mutuos silencios, no es lo que hacen los demás. Nosotros no tenemos una lucha de poder, ni promesas, ni soledades encubiertas en una seducción caduca.
¿Qué diría Luis del coqueteo? Bromearía. "Te estás convirtiendo en una mujer".
Su imaginación no alcanzaba a adivinar más frases. Esperaría, implosionaría, y la presión se aligeraría lentamente. Eso consistía en contar los hechos y las sensaciones de forma humorística. Quería que para sí misma todo sonara a chiste, todo su pasado reciente, sabiendo que Luis leería todo lo que quería decir tras el polvo de Houdini.
sábado, 9 de noviembre de 2013
viernes, 18 de octubre de 2013
Octubre
Llevo tres meses aquí, en Galea. El tiempo es todo un objeto de estudio, es decir, la relación entre el cronológico y el meteorológico. El meteorológico es increíblemente monótono, pero por su carácter húmedo y gris, por sus trombas de agua habituales e inesperadas, cada salida de mi paraíso se convierte en toda una aventura. Salir a comprar es algo que hay que planificar y preparar a conciencia, como una estrategia militar; el ser humano, torpe homínido contra el agua resbalando por las ciudades que él mismo ha construido (o sus antepasados, y el hombre actual simplemente se ve inmerso en ellas). Para mi, a falta de ser un fastidio, es un verdadero entretenimiento eso de las maniobras profesionales con el paraguas y las bolsas de la compra, los auriculares puestos, las gafas llenas de gotitas que nublan la vista. Pero yo sigo, estoico y orgulloso de mi hazaña de hacer la compra, y vuelvo como un soldado triunfante y cansado, que merecidamente se homenajea con una película de Wong Kar-Wai y el radiador en los pies. Después de 2046, vi un párrafo escrito por Ciara en la red social (medio más cómodo, económico y versátil para comunicarse, pero nosotros no renunciábamos a las cartas de papel ni a los paquetes de Correos). El párrafo era el siguiente: Everybody has their shits and if someone hasn't mental rubbish, will create it. We need shit for being humans, for fight, for change something. The thing is that I opted for coexist with my mental rubbish, because I don't want spend my time being angry with myself and project it to the world. Because life is too fast to spend it. Not too short or too long. Just fast. Puntualizo, Ciara era traductora de profesión y fotógrafa por pasión. Tenía una predilección por Inglaterra que la arquitectura y el carácter de Floria se representaban la antítesis de su lugar ideal para vivir, y sin embargo, se encontraba mucho mejor que yo allí. Según ella, Inglaterra era como el disco que estás deseando escuchar y no llegas a poner. Inglaterra estaba allí, en las guías de viaje, en las películas, en los libros de Chesterton; pero no necesitaba materializarla, pisarla y olerla. Lo cierto es que Ciara para mi era como Inglaterra para ella. Era la única por la que perdería el escozor por el amor, y sin embargo, no era capaz de sentir por ella algo más que un cariño profundo, que muchas noches se me tornaba un ensueño en el que estábamos cogidos del brazo por la calle, y yo la besaba; pero fuera de ese ensueño, aquello me parecía lo más alejado de la posibilidad. Puede que me asuste pensar que Ciara, mi perfecta Ciara, se acabe convirtiendo en otra Lila. Sé que es algo irracional, que son dos personas distintas, y que Ciara no actuaría jamás como Lila. Pero aún siendo consciente de mi autosabotaje, no soy capaz de cambiar mi postura. Es uno de mis ensayos experimentales de Galea. Espero resultados.
sábado, 12 de octubre de 2013
¿Cuál es el problema? ¿Que este ya no es tu sitio? Pero, ¿tu sitio para qué?
Vivir la vida que yo misma he creado, más bien, que sé que puedo crear. El problema es que la cree, en un lugar y un tiempo, y que aquello terminó porque no era enteramente mío, y porque había partes de mí que se habían quedado lejos a costa de mi renacimiento. Porque no hay que tener nada, para no dejarse nada valioso atrás, supongo que es el único momento en que el amor duele gustosamente.
Cerré las puertas de mi conquista por una aplastante fuerza invisible, el fin del plazo limitado de una beca. No puedo culpar a la movilidad del tiempo, que nos aleja de lo que amamos, pero nos trae nuevos amores, y nos desliga de ciertos dolores para descubrirnos otros. También uno se sirve del tiempo para digerir y comprender, para apreciar lo presente mientras existe, y para saber encajar los instantes donde les corresponde cuando pasan; saber, además, perseguir repetirlos cuando es posible.
Y ese es mi otro quebradero de cabeza, amigo mío, la posibilidad, que es tan amplia, que contiene tantos mundos posibles desde el segundo que sigue hasta el fin de los días, que sólo cabe agarrarse a una certeza primera: la imposibilidad. Y a partir de ella podemos ir apartando la maleza, ver con qué contamos realmente, observar qué podemos hacer con ello. Entonces, la posibilidad parece más plausible, menos inmensa, y más bajo nuestro dominio.
Aunque el dominio es siempre una ilusión humana, precisa para vivir por algo y no arrastrarse por los años; y lo magnífico es que aún a sabiendas de todo aquello que se escapa entre los dedos, se afirma su presencia y su consecuente ausente; se afirman las idas y venidas, los abrazos y las distancias, los andenes y los vuelos, los atrevimientos y los ridículos, la pérdida de noción de aquello que tan bien conoce, precisamente por conocerlo.
Me fui y volví. Volveré a hacerlo. Y lo que sea preciso para doblar mi existencia al tiempo.
Vivir la vida que yo misma he creado, más bien, que sé que puedo crear. El problema es que la cree, en un lugar y un tiempo, y que aquello terminó porque no era enteramente mío, y porque había partes de mí que se habían quedado lejos a costa de mi renacimiento. Porque no hay que tener nada, para no dejarse nada valioso atrás, supongo que es el único momento en que el amor duele gustosamente.
Cerré las puertas de mi conquista por una aplastante fuerza invisible, el fin del plazo limitado de una beca. No puedo culpar a la movilidad del tiempo, que nos aleja de lo que amamos, pero nos trae nuevos amores, y nos desliga de ciertos dolores para descubrirnos otros. También uno se sirve del tiempo para digerir y comprender, para apreciar lo presente mientras existe, y para saber encajar los instantes donde les corresponde cuando pasan; saber, además, perseguir repetirlos cuando es posible.
Y ese es mi otro quebradero de cabeza, amigo mío, la posibilidad, que es tan amplia, que contiene tantos mundos posibles desde el segundo que sigue hasta el fin de los días, que sólo cabe agarrarse a una certeza primera: la imposibilidad. Y a partir de ella podemos ir apartando la maleza, ver con qué contamos realmente, observar qué podemos hacer con ello. Entonces, la posibilidad parece más plausible, menos inmensa, y más bajo nuestro dominio.
Aunque el dominio es siempre una ilusión humana, precisa para vivir por algo y no arrastrarse por los años; y lo magnífico es que aún a sabiendas de todo aquello que se escapa entre los dedos, se afirma su presencia y su consecuente ausente; se afirman las idas y venidas, los abrazos y las distancias, los andenes y los vuelos, los atrevimientos y los ridículos, la pérdida de noción de aquello que tan bien conoce, precisamente por conocerlo.
Me fui y volví. Volveré a hacerlo. Y lo que sea preciso para doblar mi existencia al tiempo.
Las calles no han cambiado. Ante los ojos se me representan igual. No es una cuestión occipital, ni sensorial de ningún tipo. Es el significado minuciosamente elaborado automáticamente, lo que hace distinto estar inmersa de nuevo en mi propio mundo (al que ya no pertenezco, pero en el que actúo como una reconquistadora legítima).
sábado, 24 de agosto de 2013
IV
Las reuniones de La caverna tenían como objetivo explícito "arreglar el mundo desde cuatro humildes paredes, no como en la pomposidad del tratado de Versalles".
El objetivo implícito era reunirse una vez a la semana en el sótano de un café con olor a humedad, entorno a una larga mesa rodeada de sillas, y éstas a su vez rodeadas de cajas de cerveza; para plantear una cuestión acordada de antemano, y sobre la que se discutía, algunos dando grandes discursos, otros dando algunos más vagos que eran rápidamente vapuleados por los demás.
Yo intervenía cuando pensaba que mi opinión era lo bastante importante para el curso del debate, entonces mientras los demás se exaltaban u observaban absortos al orador de turno, yo iba agarrando ideas y soltándolas según el ritmo argumental del instante. Lo magnífico de este grupo era el sentimiento de comunión instantánea que se daba, independientemente de que los miembros fuesen amigos o recién llegados. Personalmente, me lo tomaba como un juego muy serio; tal y como se tomaría un jugador de tenis aficionado una partida contra un profesional: aquello me activaba la mente, me la despejaba, me la cansaba de una manera reconfortante, como podía comprobar cada vez que salíamos del café al frío de la calle, y se me helaba la nariz. Entonces podía sentir el cerebro casi en llamas, palpitando y eufórico.
Pensar en solitario, como hago aquí, es otra historia. Lo malo es que no puedan darse los hechos aislados, es decir, que no pueda coger las noches de La caverna y llevármelas aquí, a mi paraíso. Me las traería limpias y enfocadas, sin todas las pavesas que aún estaban suspendidas en aire de cualquier recuerdo reciente que me situara en Florencia.
El objetivo implícito era reunirse una vez a la semana en el sótano de un café con olor a humedad, entorno a una larga mesa rodeada de sillas, y éstas a su vez rodeadas de cajas de cerveza; para plantear una cuestión acordada de antemano, y sobre la que se discutía, algunos dando grandes discursos, otros dando algunos más vagos que eran rápidamente vapuleados por los demás.
Yo intervenía cuando pensaba que mi opinión era lo bastante importante para el curso del debate, entonces mientras los demás se exaltaban u observaban absortos al orador de turno, yo iba agarrando ideas y soltándolas según el ritmo argumental del instante. Lo magnífico de este grupo era el sentimiento de comunión instantánea que se daba, independientemente de que los miembros fuesen amigos o recién llegados. Personalmente, me lo tomaba como un juego muy serio; tal y como se tomaría un jugador de tenis aficionado una partida contra un profesional: aquello me activaba la mente, me la despejaba, me la cansaba de una manera reconfortante, como podía comprobar cada vez que salíamos del café al frío de la calle, y se me helaba la nariz. Entonces podía sentir el cerebro casi en llamas, palpitando y eufórico.
Pensar en solitario, como hago aquí, es otra historia. Lo malo es que no puedan darse los hechos aislados, es decir, que no pueda coger las noches de La caverna y llevármelas aquí, a mi paraíso. Me las traería limpias y enfocadas, sin todas las pavesas que aún estaban suspendidas en aire de cualquier recuerdo reciente que me situara en Florencia.
miércoles, 21 de agosto de 2013
Sentido tragicómico de la idiotez III
- Eres poeta, ¿no? Creo que pasarás bastante por aquí.
- En parte lo soy. Se supone que soy músico, pero me gusta torturarme de varias formas.
La camarera sonrió, me puso delante un vaso con un líquido oscuro y de olor fuerte.
- Invita la casa – dijo.
Llegué a mi nuevo piso: 35 metros cuadrados, abuhardillado, dos ventanas que daban a la lluvia, como dos lunas de coche que me hacían creerme dentro de un tren de lavado, más reconfortado aún de lo que uno suele sentirse con la lluvia cayendo al margen de los cristales, con sólo unas gotas estampándose con ellos. No, en mi piso todas las gotas se aplastaban sobre los cristales inclinados, y la sensación de estar dentro de mi burbuja, de tener por fin mi microcosmos sólido y amueblado, era maravillosa. Puse la radio. Un concierto de Muse en directo desde Alemania, y luego unos comentarios sobre la tormentosa vida de Dovtoieski. Evidentemente, no es Chejov. Fiodor no podía analizar las frustraciones fruto del aburrimiento de las grandes familias de la madre Rusia; Fiodor no podía omitir la mugre de las almas dolidas, de la suya propia arrasada por la muerte, la evasión del sufrimiento, la injusticia, las cárceles y las deudas. Pero volver a entrar en la discusión sobre si el sufrimiento hace más profundo y valioso a quien lo sufre no es pertinente; mucha gente ha sufrido profundamente, con motivos individuales, la cuestión es la capacidad de análisis y expresión del mismo, como el que hurga en su propia herida para explorarla como un científico improvisado.
Y luego, tuve un momento de recuerdo para los besos de despedida.
Lo cierto es que mi ciudad me fascinaba y me quemaba a partes iguales, pero en lo últimos meses se había vuelto algo insano. La ciudad seguiría para mi, la idea es que los protagonistas de sus escenas cambiaran, especialmente yo. No me preocupó demasiado dejar a la gente atrás, pues ya sabía quién se perdería por el camino y quién seguiría presente. Podía tomar mi marcha como una poda social. Aurora estaría conmigo aunque me cambiara de planeta, y Dani, y los chicos de La caverna también. Los demás eran mis actores secundarios, todos los tenemos y todos lo somos para algunas personas; y me alegraría verlos de nuevo aunque no los echara en falta en absoluto.
- En parte lo soy. Se supone que soy músico, pero me gusta torturarme de varias formas.
La camarera sonrió, me puso delante un vaso con un líquido oscuro y de olor fuerte.
- Invita la casa – dijo.
Llegué a mi nuevo piso: 35 metros cuadrados, abuhardillado, dos ventanas que daban a la lluvia, como dos lunas de coche que me hacían creerme dentro de un tren de lavado, más reconfortado aún de lo que uno suele sentirse con la lluvia cayendo al margen de los cristales, con sólo unas gotas estampándose con ellos. No, en mi piso todas las gotas se aplastaban sobre los cristales inclinados, y la sensación de estar dentro de mi burbuja, de tener por fin mi microcosmos sólido y amueblado, era maravillosa. Puse la radio. Un concierto de Muse en directo desde Alemania, y luego unos comentarios sobre la tormentosa vida de Dovtoieski. Evidentemente, no es Chejov. Fiodor no podía analizar las frustraciones fruto del aburrimiento de las grandes familias de la madre Rusia; Fiodor no podía omitir la mugre de las almas dolidas, de la suya propia arrasada por la muerte, la evasión del sufrimiento, la injusticia, las cárceles y las deudas. Pero volver a entrar en la discusión sobre si el sufrimiento hace más profundo y valioso a quien lo sufre no es pertinente; mucha gente ha sufrido profundamente, con motivos individuales, la cuestión es la capacidad de análisis y expresión del mismo, como el que hurga en su propia herida para explorarla como un científico improvisado.
Y luego, tuve un momento de recuerdo para los besos de despedida.
Lo cierto es que mi ciudad me fascinaba y me quemaba a partes iguales, pero en lo últimos meses se había vuelto algo insano. La ciudad seguiría para mi, la idea es que los protagonistas de sus escenas cambiaran, especialmente yo. No me preocupó demasiado dejar a la gente atrás, pues ya sabía quién se perdería por el camino y quién seguiría presente. Podía tomar mi marcha como una poda social. Aurora estaría conmigo aunque me cambiara de planeta, y Dani, y los chicos de La caverna también. Los demás eran mis actores secundarios, todos los tenemos y todos lo somos para algunas personas; y me alegraría verlos de nuevo aunque no los echara en falta en absoluto.
No soy alguien que suela buscar a la gente. Simplemente, los dejo pasar si quieren.
Pienso volver, y me pregunto con qué historias, con qué renovada actitud, si con más risa o más escepticismo. No busco un Trópico de cáncer a la española aquí: la destrucción y la decadencia no son lo mío. Puede que me guste la vida demasiado como para pelearme con ella de vez en cuando y hacer así la reconciliación más intensa. Aunque esta vez no es problema de la vida, era una cuestión entre Lila y yo. Ella sí era un total trópico de cáncer, y un cáncer por sí misma también. Le encantaba representarse como un icono del vacío existencial de nuestro siglo: “la sociedad me hizo fría e insensible, y hay que sobrevivir en ella”, etc. Resultaba hipnótica al principio, con su retórica entre estoica y rebelde, entre herida y dura, y el misterio de su sonrisa sarcástica hacía que cada noche alguno rodara por su cama, y luego se despedía seria e inmutable, dejando claro que su muro era irrompible.
martes, 13 de agosto de 2013
Desaparece
de los pocos rincones del mundo y de las memorias en las que has dejado huella
corre, pequeño, antes de que alguien empiece a echarte en falta
no hace falta que te despidas, pues eres una sombra
te asomas al mundo de los vivos de vez en cuando
pero tu mente no puede soportar tantos conflictos de intereses
tanto deseo cruzado, tantas intenciones ocultas
tu cueva es más segura y tus carceleros no muerden
Es triste pensar que sólo nos unieran los miedos
Y que tu miedo te haya alejado, ¿qué puedo esperar de este mundo?, decías
Tú sólo querías personas de agua (transparentes)
También querías a alguien que te sacudiera la pena
pero lo cierto es que sólo uno mismo puede salvarse de sus propios fantasmas
Yo te decía que no quería más juegos de alter ego,
que la premisa era "algo sencillo y hermoso", algo,
encajado en un instante, en dos, en infinitos
pero que el pasado no nos debía devorar ni el futuro echarnos la soga al cuello
podría hacer de cualquier esquina un paraíso
no contigo, que te has acomodado en tu propio infierno
con cualquiera que entienda que la redención está en este mundo
en el tacto.
Y reconozco que yo sigo llevando la armadura de hielo
que no podemos fundirla ni yo ni la gelidez de las ausencias profetizadas
Pero piénsalo, ya soy en parte de agua.
Corre, corre de lo que más desees, no te vayan a atropellar tus sentidos
no te vaya a latir el corazón, no vayas a dejar de vagabundear por la memoria de los otros.
corre, pequeño, antes de que alguien empiece a echarte en falta
no hace falta que te despidas, pues eres una sombra
te asomas al mundo de los vivos de vez en cuando
pero tu mente no puede soportar tantos conflictos de intereses
tanto deseo cruzado, tantas intenciones ocultas
tu cueva es más segura y tus carceleros no muerden
Es triste pensar que sólo nos unieran los miedos
Y que tu miedo te haya alejado, ¿qué puedo esperar de este mundo?, decías
Tú sólo querías personas de agua (transparentes)
También querías a alguien que te sacudiera la pena
pero lo cierto es que sólo uno mismo puede salvarse de sus propios fantasmas
Yo te decía que no quería más juegos de alter ego,
que la premisa era "algo sencillo y hermoso", algo,
encajado en un instante, en dos, en infinitos
pero que el pasado no nos debía devorar ni el futuro echarnos la soga al cuello
podría hacer de cualquier esquina un paraíso
no contigo, que te has acomodado en tu propio infierno
con cualquiera que entienda que la redención está en este mundo
en el tacto.
Y reconozco que yo sigo llevando la armadura de hielo
que no podemos fundirla ni yo ni la gelidez de las ausencias profetizadas
Pero piénsalo, ya soy en parte de agua.
Corre, corre de lo que más desees, no te vayan a atropellar tus sentidos
no te vaya a latir el corazón, no vayas a dejar de vagabundear por la memoria de los otros.
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